Del silencio a la palabra reflexiva

 · Verónica Natalia Antelo

Del silencio a la palabra reflexiva

Del silencio a la palabra reflexiva

 

https://orcid.org/0009-0002-1596-6185

 

 

 

Por Verónica Natalia Antelo

 

 

De lo que no se puede hablar, mejor callar

Ludwig Wittgenstein

 

 

En la contemporaneidad se advierte una transición desde los modelos disciplinarios hacia una lógica del rendimiento, acompañada por la sobreexposición al positivismo y la tendencia a la autoexplotación. Estos procesos han configurado una cultura opinativa, en la cual la emisión constante de juicios se presenta, en apariencia, desvinculada del conocimiento riguroso de los asuntos tratados. Frente a ello, la perspectiva filosófica subraya la primacía de la indagación reflexiva, en oposición a la proliferación discursiva carente de sustancia. La capacidad de síntesis y la rigurosidad en la construcción argumentativa se erigen, así, como cualidades esenciales de la práctica filosófica, cuyo propósito no reside en la ostentación retórica, sino en la inteligibilidad precisa y metodológicamente fundada.

En este marco, el filósofo —o el sujeto reflexivo— se perfila como aquel que se distancia de lo convencional, administra cuidadosamente su palabra y la reserva para momentos de auténtica necesidad. El discurso filosófico no se concibe como mera expresión comunicativa, sino como manifestación de la necesidad intrínseca de lo pensado y de su relevancia reflexiva. Tal enfoque se vincula con la concepción del pensamiento como diálogo interior, en el cual la búsqueda de la verdad prevalece sobre la demanda de exposición pública. El silencio, en este sentido, no constituye ausencia, sino condición de posibilidad para una palabra significativa. Se trata, pues, de un tránsito del silencio a la palabra como resultado de la maduración reflexiva, y no de la mera proliferación del ruido opinativo.

 

Platón en su diálogo Teeteto dice: “Al discurso que el alma tiene consigo misma sobre las cosas que somete a consideración. Por lo menos, me parece esto es lo que yo puedo decirte sin saberlo del todo. A mí, en efecto, me parece que el alma, al pensar, no hace otra


cosa que dialogar y plantearse ella misma las preguntas y las respuestas, afirmando unas veces y negando otras”.1 En este fragmento, el personaje de Sócrates afirma que pensar es un diálogo que el alma tiene consigo misma. A su vez, el acto de opinar se relaciona con el hablar, y la opinión es un tipo de discurso que se expresa en silencio y para uno mismo (σιγῇ πρὸς αὑτόν).

 

En el diálogo el Banquete, se formula la idea de un “pensamiento silencioso” o de un “diálogo del alma consigo misma”. El personaje de Sócrates muestra con sus acciones que una de las condiciones necesarias para que se motorice el pensamiento, tiene como principio fundamental alejarse del mundo o del ruido. El silencio tiene la capacidad de que el hombre se concentre en su pensamiento. En oposición, el ruido produce un efecto contrario, limitando cualquier tipo de reflexión. A su vez, el pensamiento requiere cierta distancia, y es justamente, esa distancia la que toma Sócrates para poder pensar. De manera que silencio y distancia son los factores que se unen para que se origine la reflexión.

Plotino2 es el filósofo que ha sabido prolongar la filosofía platónica, y, a su vez, reformularla, ofreciendo una original síntesis de toda la especulación griega anterior. Su pensamiento se articula en torno a una metafísica de la interioridad y la trascendencia. En este contexto, el silencio no se reduce a la falta de sonido ni a la negación del habla, sino que se configura como una noción filosófica fundamental que delimita el alcance del lógos racional y actúa como presupuesto necesario para la experiencia de unión con lo Uno3. En las Enéadas, se argumenta que el silencio en Plotino no es ausencia, sino plenitud: una forma de conocimiento no discursivo que revela la unidad originaria.

Dicha noción del silencio en la concepción Plotino es analizada desde dos perspectivas fundamentales: la contemplación de la Belleza y los límites del pensamiento discursivo. El filósofo concibe al Uno como principio absoluto y fuente originaria de todo ser, situado más allá del pensamiento, del ser y del lenguaje. De ello se sigue que el acceso a

 
   

 

1 Platón, Teeteto 189e.

2 Plotino (ca. 205-270 d.C.) es el máximo filósofo griego de los últimos siglos de la Antigüedad y el principal representante del neoplatonismo, con un fuerte acento espiritual y místico. Su pensamiento tuvo amplio eco en la teología cristiana medieval y ha alcanzado épocas mucho más modernas: desde diversos misticismos del siglo XVII hasta el idealismo alemán y el movimiento romántico del siglo XIX. Probablemente nació en Licópolis (Egipto); en el año 244 se estableció en Roma, donde fundó una escuela en la que dialogaba con sus alumnos acerca de las grandes cuestiones filosóficas. Escribió cincuenta y cuatro ensayos filosóficos que fueron ordenados en seis grupos de nueve (de ahí el título Enéadas) por su discípulo Porfirio.

3 Plotino presenta la realidad jerarquizada. En la cumbre, por encima y por fuera de todos los seres está lo Uno, que es el principio del cual proceden y dependen todas las cosas. Tras lo Uno comienza el mundo inteligible, en él se halla la Inteligencia, procedente del Uno, y que encierra en sí todo el mundo de las Formas.

 

lo Uno requiere la suspensión de toda discursividad: “No se puede hablar del Uno sin traicionarlo”. El silencio se erige, por tanto, en la única actitud legítima frente a lo inefable. Esta concepción se enlaza con la tradición platónica. Por otro lado, en las Enéadas, Plotino describe la contemplación de la Belleza como una experiencia que rebasa el juicio racional. El alma, al elevarse hacia el Intelecto, accede a un conocimiento no discursivo, de carácter intuitivo, acompañado de recogimiento y silencio interior. Esta dimensión estética del silencio se vincula con la purificación del alma y su retorno a la fuente originaria. En última instancia, el punto de partida no es otro que la Belleza como método filosófico fundamental, como vía de acceso privilegiado a lo Uno.

A su vez, el filósofo neoplatónico distingue entre el pensamiento discursivo (dianoia) y el pensamiento intuitivo (noesis). Mientras el primero opera mediante el lenguaje y la sucesión lógica, el segundo se caracteriza por la simultaneidad y la unidad. El silencio marca el tránsito entre ambos modos de conocimiento, señalando el abandono de la multiplicidad y el acceso a la unidad inteligible. La experiencia mística en Plotino –descrita como “fusión con lo Uno”– implica la disolución del yo y la cesación de toda actividad cognitiva. En este horizonte, el silencio no es únicamente epistemológico, sino ontológico: el alma se silencia porque deja de ser distinta del Uno. Esta concepción ejercerá una influencia decisiva en la tradición mística posterior, desde el Pseudo-Dionisio Areopagita4 hasta Meister Eckhart5.

Ahora bien, surge una paradoja fundamental: el lenguaje constituye la única herramienta de que disponemos para conocer y actuar; sin embargo, es también un instrumento riesgoso, pues se convierte en la causa de nuestros errores y de las trivialidades que podemos llegar a enunciar. Surge entonces la pregunta: si no es legítimo formular afirmaciones metafísicas acerca del mundo y de la vida, ¿cuál habría de ser el cometido de la filosofía? La respuesta, ya insinuada, apunta hacia la claridad y la transparencia. Pero se trata de una claridad cuyo propósito no es cognitivo, esto es, no busca la construcción de una teoría sobre el mundo ni sobre la acción humana.

 
   

 

4 El Pseudo-Dionisio Areopagita, en su Teología Mística, radicaliza la inefabilidad plotiniana en clave cristiana. Dios, como causa supraesencial, no puede ser nombrado ni comprendido: “La causa de todo está más allá de toda afirmación y negación” (Teología Mística, V). El silencio se convierte en forma de alabanza, en reconocimiento reverente de la trascendencia divina. Esta teología negativa, influida por el neoplatonismo, propone una vía de ascenso que consiste en despojarse de todo concepto, imagen y palabra.

5 Meister Eckhart, en el siglo XIV, retoma la tradición dionisiana y la reformula desde una mística del desapego (Abgeschiedenheit). El alma debe vaciarse de todo contenido —incluso de las imágenes de Dios— para que “nazca Dios en ella”. En sus Sermones, Eckhart afirma: “Cuando el alma se silencia, Dios habla en ella” (Sermón 13). El silencio no es sólo epistemológico, sino ético y ontológico: implica una transformación del sujeto, una disposición interior que permite la unión con la Deidad sin atributos.

 

Para Wittgenstein, la finalidad de la filosofía no es teorética: la filosofía no debe producir conocimiento, ya que el conocimiento pertenece al ámbito de la ciencia. La filosofía, en cambio, tiene como meta esa claridad o transparencia que permite aquietar los pensamientos —cesar en el ejercicio de pensar— y, de este modo, alcanzar el silencio. No se trata, evidentemente, del silencio del ignorante o del agnóstico —el silencio de quien no sabe o no responde—, sino del silencio del sabio: un silencio que revela los límites del lenguaje. Es el silencio de quien comprende cómo funciona el lenguaje y reconoce los desvaríos a los que puede conducir una comprensión deficiente del uso de las palabras. De ahí la necesidad de evitar preguntas fuera de lugar, de abstenerse de responderlas, de no defender teorías ni sucumbir al hechizo de las palabras. Solo mediante esta actitud es posible alcanzar una visión correcta del mundo y de la vida, una mirada perspicua.

Sin embargo, dicha mirada no puede ser expresada en palabras. Como ya se ha señalado, no se trata de construir una teoría, sino de guardar silencio. En efecto, al final del Tractatus se nos recuerda: “De lo que no se puede hablar, hay que callar” (T, 7). En última instancia, no habría nada de qué hablar, nada que pensar o conocer, nada siquiera de qué callar. Wittgenstein entiende así la filosofía como ejercicio de delimitación: no como producción de teorías, sino como práctica de esclarecimiento que culmina en el silencio, allí donde el lenguaje reconoce su propio límite.

En definitiva, la claridad, la transparencia y el silencio —esa visión perspicua que constituye la meta de la filosofía— son conquistas que cada sujeto debe realizar por sí mismo. Nadie puede sustituir el esfuerzo personal de aquietar los pensamientos y conducirlos hacia la calma. Los demás —como Wittgenstein en relación con nosotros— únicamente pueden compartir su propio combate con el lenguaje, mostrar las huellas de su recorrido, no para ofrecer una doctrina, sino para que acaso sirva de orientación. La cuestión decisiva es cómo transmitir ese trayecto sin convertirlo en enseñanza dogmática, pues cualquier doctrina resultaría ineficaz para alcanzar el silencio. La única vía posible consiste en escribir de manera que el lector se vea obligado a filosofar, a reproducir el itinerario del autor y, en última instancia, a inventar el suyo propio. Así, el silencio no se impone como renuncia pasiva, sino como resultado de un ejercicio activo de esclarecimiento, donde el lenguaje se reconoce en sus límites y se abre a la posibilidad de callar.

La noción de silencio, tal como se despliega desde Platón y Plotino hasta Wittgenstein, nos revela un hilo conductor que atraviesa la historia de la filosofía: el

 

reconocimiento de los límites del lenguaje y la necesidad de una actitud reflexiva que trascienda la mera proliferación discursiva. En la actualidad, marcada por la saturación de opiniones y el imperativo de la exposición constante, esta tradición adquiere un valor renovado. El silencio no se presenta como negación o vacío, sino como condición de posibilidad para la palabra significativa, capaz de resistir la banalización del discurso y de abrir espacio a la contemplación y al pensamiento riguroso.

De esta manera, la filosofía se configura no como acumulación de teorías ni como ejercicio retórico, sino como práctica de discernimiento que exige distancia frente al ruido y disciplina frente al lenguaje. El silencio, en este sentido, no es un fin en sí mismo, sino el umbral desde el cual puede emerger una palabra justa, clara y necesaria. Reconocer este horizonte implica comprender que la tarea filosófica contemporánea consiste menos en decir más y más rápido, que en aprender a callar para pensar mejor, y desde allí, hablar en consonancia con lo que se nos revela . Las ideas se pueden heredar o asumir, pero el ejercicio del filosofar –sufrir con los pensamientos– es algo que cada uno puede hacer por cuenta propia. No tendrá sentido que otro lo haga en tu lugar.

 

 

 

 

Bibliografía

 

 

-Defez,    A.     Filosofía    y    silencio    en     Wittgenstein                (Philosophy        and Silence     in Wittgenstein)Revista de Filosofía, Vol. 34 Núm. 1 (2009): 77-90.

-García Bazán, F. Plotino y la fenomenología de la Belleza. Anales del Seminario de Filosofía (22), 7-28, 2005.

 

-García Gómez, Marta. El silencio en la filosofía de Plotino. Universidad de Valladolid, 2022.

-Platón. Diálogos. España, Ed. Gredos, 2014.

-Plotino. Enéadas. Ed. Armstrong (Loeb Classical Library). Trad. Jesús Igal. Madrid: Trotta, 2004.

 

-Wittgenstein, L. Tractatus logico-philosophicus. Madrid, Ed. Gredos, 2014.