El devenir del poder tecnológico (segunda parte)
Y aunque piensa y muestra que éstas eran las características de la era que comenzaba, marca también una serie de problemáticas: el rescate del rol individual gracias a su redefinición en aras de los avances tecnológicos, el problema del liderazgo y de la organización social y la construcción de un pensamiento más allá de las ideologías. Todo ello en medio de lo que Brzezinski llama “la paradoja de nuestra época”: esa mezcla explosiva de unificación (por medio de las comunicaciones) y de fragmentación porque se disuelven las lealtades institucionales e ideológicas consagradas. Lo que hemos visto manifestarse como enfrentamiento y crítica hacia todo tipo de instituciones establecidas: Familia, Justicia, Leyes, Estados, etc. Un mundo cada vez más unido y al mismo tiempo, cada vez más conflictuado y separado.
La proliferación de las nuevas tecnologías comunicacionales, esta nueva forma de comunicación humana que conocemos como “redes sociales” nos tiene a todos inmersos en ellas, creo que nadie escapa a eso. Tienen sus propias reglas, sus propias normas que fluyen y cambian constantemente. Si tratamos de mirar en perspectiva la cuestión, podemos recordar que la época moderna nos había dejado una ganancia progresiva de privacidad, de intimidad, de contacto interno con nosotros mismos. La posibilidad de pensar, de pasar tiempo con nosotros, con nuestros pensamientos y nuestros sentimientos. Visitarnos a nosotros mismos, como dice el poeta musulmán Rumi. Toda esta cultura de la intimidad dio origen en el siglo XIX a la gran aparición de la novela, de los diarios personales que luego se convertirán en un género literario. Por supuesto esto no estaba al alcance de todos, ya que las grandes masas populares seguían en el hacinamiento. Ese nuevo perfil se gestó y marcó toda una forma de transitar lo humano, donde lo prioritario era esa reflexión interna, ese tiempo en soledad con uno mismo, pasar por la memoria la vida, como Marcel Proust en su novela En busca del tiempo perdido. La necesidad de “un cuarto propio”, como lo dice Virginia Woolf, que era un desiderátum para quienes no podían tener acceso a ello.
Esta forma de vida, esta forma de transitar lo humano es lo que ha cambiado radicalmente a partir de la posibilidad de la comunicación mediatizada a través de las redes sociales. De a poco esa cultura de la intimidad fue virando hacia lo que Paula Sibilia, antropóloga argentina, llama la “extimidad”. De estar vueltos hacia dentro de nosotros mismos, nos hemos comenzado a dar vuelta como un guante, poniendo todo fuera, incluso hasta lo que no hay, porque se inventa. Hay una inmensa creatividad a la hora de mostrarnos en las redes, mostrar la vida o una pseudovida. Tenemos ahora la posibilidad y la capacidad de ficcionar lo vivido, como en una película o en una obra de arte, como en un libro de imágenes como lo llamaba el cineasta Jean Luc Godard. Mostrar cada segundo como si fuera absolutamente importante e imprescindible y así generar una ficción de nosotros mismos, un símil nuestro que mostramos al mundo. Esto es lo que Sibilia denomina “la vida como relato”, un relato de la propia vida totalmente construido, cuidado y pautado para gustar. Relato de la vida real o de la que creativamente nos inventamos para los demás. Habría que pensar si es para los demás o para nosotros, si es nuestra forma de conocernos, nuestro medio, nuestro modo de vivir y ser verdaderamente nosotros mismos.
La verdad sobre nosotros ya no la encontramos en la intimidad, en lo profundo de nuestros pensamientos y sentimientos confesados en nuestra interioridad, sino que la encontramos volcados a las pantallas, a la vista de todos. No importa el grado de exposición, si es un momento triste o alegre, lo importante es poder estar allí. Si no figuramos, parece que no existimos. En una excelente serie de la BBC, Black Mirror, uno de sus capítulos de hace varios años (3ra Temporada), muestra el poder del famoso Like. Toda la vida en esa sociedad está organizada en base al gustar, en base al Like. Ese “me gusta” es el criterio de valoración para todo ser humano en todos los ámbitos e instancias de su vida: amistades, trabajo, estudios. Cuantos más “me gusta” pueda cosechar en sus publicaciones y actividades, mejor posicionado socialmente estará, más amistades y dinero obtendrá. Y aquel que no pueda obtenerlos terminará siendo un paria. Cada acción que realizamos en la vida diaria tendrá que ser calificada y cuántos más “me gusta” obtengamos, mejor nos irá en la vida en todo sentido. Es una anticipación de lo que sería más adelante la situación en la realidad actual, ya que en esos momentos no era patente, pero se perfilaba.
Hoy por hoy no hay acción que realicemos para la cual no llegué inmediatamente el mensaje para calificar la experiencia. Esto es el corolario de estar vertidos hacia afuera, la extimidad en oposición a la intimidad de la que proveníamos, esta necesidad de la permanente confirmación de que existimos, de que no somos parias, lleva a lo que llama Sibilia “la gestión de sí como una marca”. Somos un producto más y nos mostramos y vendemos en las redes sociales. Por eso la ficcionalidad de lo que mostramos, por eso la creatividad que ponemos al hacerlo, en nosotros o en los objetos y las situaciones que mostramos. Necesitamos destacar, diferenciarnos, para lograr más seguidores, likes, popularidad, esos 15 minutos de fama a los que todos tenemos derecho como decía Andy Warhol.
No podemos dejar de relacionar este nuevo fenómeno con la estetización de la existencia. En los finales de la Modernidad todo lo que hacemos tiene un viso estético, de hecho, el criterio de confirmación de las redes sociales es el “me gusta”, la categoría del gusto es “el” criterio de valoración estética por excelencia. La estetización de la existencia es un concepto que proviene de Nietzsche y que desde los ’60 en adelante se ha hecho patente y real, porque el arte pasó de ser, algo que reflejaba la mirada y el punto de vista del artista sobre el mundo y la vida humana, para devenir en la reproducción en serie de sus obras sobre cualquier producto: tasas con la figura de la Gioconda, bandejas con cuadros de Matisse, publicidad con música de Chopin, etc. Todo a nuestro alrededor en la vida cotidiana está guiado por un criterio estético, por consideraciones que tienen que ver con la belleza y promueven el estar preparado para gustar. Esto implica que todo lo que nos rodea sea valorado a través del criterio del gusto y lo tecnológico está al servicio de todo esto.
La cuestión de gestionarnos a nosotros mismos como una marca y que nuestra vida esté expuesta y ficcionalizada en las redes sociales, es un aspecto más de esta estetización mal interpretada. Si relacionamos lo dicho con el concepto ampliado de tecnología que venimos trabajando, podríamos decir que estas nuevas tecnologías comunicacionales serían imposibles sin el aspecto Organizacional al que nos referíamos y que este devenir antropológico constituye el despliegue de otra faceta de su Aspecto Cultural. Revelan otra cara de esta cosmovisión de la realidad que tenemos a partir de la Modernidad, donde a través de las redes sociales se deja translucir una vuelta más de estas tecnologías, este dominio de la naturaleza se ha continuado con el dominio de la vida y el tiempo, dominio de nuestro deseo y de nuestra forma de transitar lo humano.
No está de más aclarar que lo anteriormente planteado no es a lo que Nietzsche se refiere con “estetización de la existencia”, es una mala interpretación, casi una banalización de su concepto. Nietzsche propone hacer de la propia existencia una obra de arte es decir que, en todos los ámbitos y aspectos del existir humano se apliquen los criterios del arte como transfiguración de lo abismal y doloroso de la vida, que la vida humana se transforme en una forma bella de existencia. El arte como aquello que salva de lo absurdo y doloroso y nos ayuda a soportar la vida.
Para Ortega y Gasset en 1930 la misión esencial de la ciencia es dejar tiempo libre al ser humano para el ocio, para dedicarse a ser sí mismo. Ya los antiguos dividían la vida en “ocio y neg-ocio”, es decir no ocio. El ocio era ocuparse con lo humano en el hombre y tenía que ver con las ciencias, las artes, lo social y lo político. El neg-ocio es el carácter negativo del ocio, es el tiempo que usamos para satisfacer nuestras necesidades elementales. Para Ortega la técnica tiene sentido porque nos deja tiempo para nosotros mismos, pensado desde aquellas épocas. Con todo ese tiempo que ganamos hoy ¿qué hacemos, para qué lo utilizamos? Es prácticamente llevado hacia la comunicación social mediatizada, la ficción del sí mismo, su relato y la gestión de nuestra propia marca: “las tecnologías sociales”.
Guy Debord en La sociedad del espectáculo de 1967, su manifiesto, dice que “\[…] el arte de la conversación está muerto y pronto estarán muertos casi todos los que saben hablar” La sociedad como espectáculo, p. 27. Es de los primeros que comienza a mostrar que se ha perdido la profundidad de la palabra, que se habla con monosílabos, que las ideas que se expresan son nimias, banales. Muchos han planteado a partir de las tecnologías comunicacionales actuales que el lenguaje que se utiliza es mínimo, que se lo suplanta por símbolos, abreviaturas y emoticones, por imágenes. Teniendo en cuenta que la comunicación la mayor parte del tiempo no es cara a cara, que está mediatizada, Debord capta algo anticipatorio porque esto no existía aún en sus años, pero sí la banalización del lenguaje.
Por su parte M. Heidegger nos propone la serenidad ante las cosas: que es posible decir sí al inevitable uso de los objetos técnicos y que es posible también decir no para impedirles que nos acaparen de modo exclusivo. Heidegger pretendía conciliar la técnica planetaria con un hombre que estuviera a la altura del poder tecnológico que produjo, no cree en las posibilidades del viejo humanismo para enfrentar satisfactoriamente la esencia de la técnica. En su Carta sobre el humanismo el filósofo explica cómo el humanismo fue sobrepasado y reducido a la impotencia por la moderna metafísica de la subjetividad, solidaria de la esencia de la técnica y del nihilismo, que el pensador caracteriza como “olvido del ser”. En sus palabras de 1935:
“Rusia y América, metafísicamente vistas, son la misma cosa: la misma furia desesperada de la técnica desencadenada y de la organización abstracta del hombre normal. Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado, cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan «experimentar», simultáneamente, el atentado a un rey, en Francia, y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo sólo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación; cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares -entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué? - ¿hacia dónde? - ¿y después qué?” (Serenidad, p23.)
O como lo expresara Nietzsche, de quien lo toma “Así, pues, respondednos al menos a esta pregunta: ¿de dónde, adónde, para qué toda ciencia si no ha de conducir a la cultura? ¡Entonces acaso a la barbarie!” David Strauss, el confesor y el escritor, p100. Las palabras de Heidegger parecen una pintura de nuestro tiempo. La “serenidad” como actitud adecuada frente al “poder oculto de la técnica moderna” como plantea, mantiene en el fondo la intensa preocupación de que el ser humano no esté preparado para esta transformación universal. Atados como estamos a los objetos técnicos, nuestra relación es de servidumbre. Sin embargo, él sostiene que podemos usarlos y a la vez mantenernos libres, usar los objetos y al mismo tiempo, dejar que estos objetos “descansen en sí”, rehusarnos a que nos dobleguen, confundan y devasten nuestra esencia. Dejamos entrar a los objetos técnicos en nuestro mundo cotidiano y, al mismo tiempo, los mantenemos fuera.
La pregunta es: ¿tal como vivimos en la actualidad, es verdaderamente posible decir no? María Josefina Regnasco, filósofa argentina, en su libro Crítica de la razón expansiva, nos dice que podemos apagar el televisor, podemos no usar el celular, lo que no se puede es apagar la televisión, el fenómeno televisivo o apagar las nuevas formas de comunicación, la IA o los algoritmos. Unos cuántos seres humanos, un país entero, podría dejar de usar estos aparatos y servicios, cosa que es utópica, pero por ello no se va a apagar el fenómeno. No es algo que dependa de la voluntad individual ni de la voluntad colectiva de grupos. Porque no es cuestión de aparatos ni de individuos sino de una determinada relación con “lo que es”, una determinada “relación al ser” que impera en nuestra era.
Si complejizamos nuestro análisis, invitando a considerar el fenómeno desde una visión nietzscheana, pensamos que estamos frente a una fase de algo que se inició con la decadencia del mundo griego y hoy está culminando. Según el filósofo argentino Silvio Maresca: “No sería incorrecto caracterizar la presente etapa como nihilismo desembozado. Designamos así al nihilismo que adviene en el horizonte del Dios muerto que impera como muerto” Topología y máscara en el fin de la confrontación, p13. Un acontecimiento histórico de múltiples sentidos, que gracias a su propia naturaleza todavía no podemos comprender del todo. La frase nietzscheana “Dios ha muerto” tiene una débil relación con el ateísmo o con un problema solamente religioso. Para Nietzsche la historia de la civilización occidental “es” la historia del nihilismo, entendido como negación del valor de la vida, un “no” a la vida que se encuentra consagrado y constituye la esencia de los más altos valores occidentales. El nihilismo recorre distintas etapas en su devenir histórico; ante el acontecimiento de la muerte de Dios dice Nietzsche que aparece el “último hombre”, el hombre sin voluntad, cansado de cumplir con esos valores occidentales que ya no puede sostener, vaciados de todo sentido. De los viejos valores permanece su apariencia, pero ya no valen; no se esfuman, no son reemplazados, pero ya no obligan, no tienen fuerza imperativa. Pensemos en los discursos sobre la Justicia, la Verdad, el Bien, que se quedan en pura retórica ya que han perdido toda su sustancia y lo que los hacía necesarios y convocantes. Muy pobremente los valores tradicionales pueden esconder su vaciamiento de sentido, su nada, el ser sólo máscaras que hacen posible la continuidad.
El modo de vida técnico, la uniforme tecnologización de la vida que encontramos en todas partes en nada se relaciona simplemente con el uso de máquinas y tecnología.
El “objeto” técnico -es inapropiado, estrictamente, llamarlo objeto- es de suyo algo nihilizado: devaluado antes de nacer, surge ya perimido, metáfora infinita de lo que nunca fue. En definitiva, remite a un “sujeto” igualmente vaciado a priori de ser, sustancia y realidad; puro deseo insatisfecho que ve destellar ante sus ojos, por un segundo, eternamente, un simulacro de objetividad. (Topología y máscara en el fin de la confrontación, p14.)
“¡Mirad! Yo os muestro el último hombre. ¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella? -así pregunta el último hombre, y parpadea.” Así hablaba Zatathustra, p39-40. Ese “sujeto” (denominación que ya no se ajusta estrictamente al ser humano actual) se corresponde con ese “objeto” que tampoco y tan poco permanece frente a nosotros. Sin embargo, el “objeto técnico” involucra un estilo de vida. Es la puesta en escena del imperio de la técnica, es la consumación de la metafísica occidental. Bajo la figura de la tecnología, el universalismo de occidente deviene planetario. No alcanza con combatir el horizonte ontológico de lo Universal con herramientas filosóficas y en términos de confrontación, del mismo modo tampoco con intentar simplemente sustituirlo. El “nihilismo desembozado” es el fin de la historia, de determinada historia, la de la civilización occidental y su lógica interna de hacer “nada” todo lo existente, todo lo “ente”. Es llamativo ver cómo el lenguaje hace tiempo dio cuenta de esta situación, cuando hablamos y hacemos alguna afirmación, inmediatamente agregamos una muletilla: “nada”. No cualquier término sino ese “nada”; al agregarlo nihilizamos, borramos, quitamos entidad a lo dicho anteriormente. Pienso que este entramado asombroso entre inconsciente y lenguaje se hizo cargo de la situación mucho antes de que el hablante se dé cuenta de ella.
A pesar de ser el final de la historia de la civilización de algunos pueblos, en Latinoamérica estamos comprometidos con este final, ya que, por su planetarización, incluye en su consumación a toda la humanidad. Han surgido distintos modos de denominar este acontecimiento: consumación de la metafísica occidental, fin de la historia, modo de vida técnico, nihilismo, distintas formas de decir lo mismo. Por ello sostenemos que nos encontramos en la modernidad plenamente desembozada, plenamente devenida, pero no la hemos superado si no cambia lo que rige todo el sistema, esa cosmovisión, esa relación a “lo que es” que estamos transitando dentro de esta forma de lo tecnológico. Esa trasformación es una cuestión civilizatoria, no de algunos individuos ni de quienes detentan los mayores poderes. Está y no está en nuestras manos, esa es la paradoja. No hay forma en que se pueda evitar transitar este tiempo que nos pertenece, porque es “nuestro mundo y nuestro tiempo”, pero hacemos el esfuerzo por comprenderlo apropiadamente. Esperamos haber agregado
elementos para poder pensar la cuestión, con algunos ingredientes que nos vayan acercando a su mejor comprensión. Seguimos pensando y transitando la época que nos ha tocado, tratando de encontrar un tiempo y un espacio, en medio de este mundo tecnológico, para el ocio filosófico.
Bibliografía
Brzezinski Zbiniew. (1970) Era Tecnotrónica, https://robertoigarza.wordpress.com/wp-content/uploads/2008/10/lib-la-era-tecnotronica-brzezinski-1970.pdf
Casalla Mario., Hernando C. (2002) La Tecnología, Ed. Paidós. Buenos Aires.
Debord Guy (1995) La sociedad del espectáculo, Ed. La marca, Buenos Aires.
Heidegger Martin, (1994) Serenidad, Ediciones del serbal, Odós, Barcelona.
Maresca Silvio (1992) Topología y máscara en el fin de la confrontación, Revista de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales n°17.
Nietzsche Federico. (1981) Así habló Zaratustra, Alianza editorial. Madrid.
Nietzsche Federico (1994) David Strauss el confesor y el escritor. Alianza editorial, Madrid.
Regnasco María J. (1995) Crítica de la razón expansiva, Ed. Biblos, Buenos Aires.
Sibilia Paula (2008) La intimidad como espectáculo, FCE, Buenos Aires.