FOTOGRAFIA DE LA COERCIÓN

 · Carlos Alberto Butavand

FOTOGRAFIA DE LA COERCIÓN

-FOTOGRAFÍA DE LA COERCIÓN-

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        Dejad que el pueblo se gobierne a sí mismo

El presente escrito comenzó siendo un cuento; a los pocos renglones me di cuenta de que había extraviado aquella dúctil plasticidad que alguna vez me acompañó. Luego intenté sintetizar las ideas en conceptos poéticos, pero me encontré inmediatamente con esa incapacidad que siempre tuve a la hora de escribir versos. Es que escribir filosofía me ha endurecido, me ha vuelto rústico. Sin embargo, me resisto abandonar la cadencia narrativa y la terminología poética, supongo que por una cuestión casi instintiva; debido a ello, quedó el escrito que sigue.

Los ritmos del pueblo

El pueblo, como el día, tiene sus ritmos. Sus variaciones se modulan de acuerdo a la época del año. En este caso sólo me referiré al ritmo estival. Las elevadas temperaturas y el clima seco marca a fuego los lapsos del pueblo y de sus habitantes. A simple vista, ingenua, se puede percibir una obediencia espontánea que corre por debajo de las apariencias: los ritmos del poblador obedecen a los ritmos del pueblo; los ritmos del pueblo obedecen a los ritmos de la naturaleza; es así entonces que los ritmos de los habitantes se condicen con los ritmos naturales. Por cierto, es una obediencia espontánea, sin mandato, sin sujeción, sólo se da de esa manera.

Los pobladores merecen párrafo aparte. Hay en ellos una capacidad especial para afrontar la vida que se manifiesta en un constante esfuerzo afable, en acoplarse a los ritmos del ambiente y de su pueblo. Se los ve trabajando en el día y en ocasiones, ya por las noches, entonando algún recitado campero que recuerdan de sus antepasados. También se los suele ver echados bajo un árbol bebiendo un trago o en una esquina charlando amigablemente con algún vecino. Al verlos y al escucharlos, jamás dudé, de que viven según el ritmo de la jornada, y en ese punto radica su aguda y profunda sabiduría siempre despreciada por una elite que caracteriza a la abominable aristocracia latinoamericana.

Pero volvamos a los compases de estos habitantes típicos de la llanura bonaerense cuyos rasgos pueden replicarse en comunidades diversas a lo largo y ancho del mundo. Para estos hermanos, las mañanas de verano comienzan muy temprano. Ya los extraños ruidos nocturnos de todo tipo, festivos por la fresca de la madrugada, auguran el trabajo. El habitante del pueblo aprovecha las horas de mayor frescura que, usualmente, se dan hasta casi mediodía. Luego del almuerzo la siesta es sagrada para reservar energías hasta el fin de la jornada que se da con el ocaso. Son largas horas de trabajo sólo interrumpidas por una siesta. Durante estas horas, cuando el calor y el viento cálido arrecia sin piedad, el pueblo flota como en un nimbo demoníaco al tiempo que la llanura parece crepitar en el horizonte cruzada por rápidos pájaros que van a guarecerse en algún follaje de sauce o caldén. El pueblo tiene su siesta también. Sus calles polvorientas quedan desiertas y el silencio abruma. Es un espectáculo inigualable asistir a esta postal de campo. Luego, todo revive cuando el sol comienza su descenso triunfal por el horizonte; recién allí se retoman las tareas mientras se aguarda con palmaria ansiedad el aire frío del sur. Al caer definitivamente el sol, la noche cobija de nuevo la calma y la quietud en medio del silencio abrazador. La naturaleza, el pueblo

y sus habitantes montan la noche como avezados jinetes que conocen a la perfección los ritmos del corcel de la existencia. No hay misterio alguno. Todo queda resumido a una sólida mancomunión que el éter mantiene como herencia perpetua.

Los ritmos del forastero

Al pueblo también llegan forasteros. Los hay de todo tipo. Están los que han logrado acceder a un potrero de manera normal; están los que lo han hecho bajo transacciones dudosas. Al margen de cuestiones económicas y legales, no pasa mucho tiempo en quedar demostrada la intencionalidad originaria de estos forasteros que no logran acompasar al lugar que los acogió. Pasan por el pueblo como eternos extranjeros sin dejar recuerdos en nadie ni obra merecedora de elogios juveniles.

Estos forasteros, por ejemplo, pueden llegar un día, a las 14 horas, con sus maquinarias y sus osadas pretensiones quebrando la armonía del descanso. Sin importarles los lapsos de vida, las estrategias naturales de los habitantes, imponen sus caprichos, sus pertrechos tecnológicos y comienzan a urdir la trama de ruidos insoportables. Paradójica diferencia entre lo que se denomina civilización ciudadana que manda (o cree hacerlo) y la denominada “barbarie” campera. Bajo el látigo de esta arbitraria violencia, extrañados, los pájaros revolotean de aquí para allá como aturdidos y azorados; los caballos galopan en círculo anonadados por el sonido de fierros y motores; los perros ladran molestos y los vecinos amasan delicada paciencia en sus hogares linderos. En efecto, la paz del pueblo queda entre paréntesis, suspendida, avasallada y ultrajada por forastero prepotente que no conoce de ritmos ni de respetos a los ciclos de la naturaleza, del pueblo y de sus habitantes.

Llegó el forastero una tarde de estío rabioso, en medio de la tranquilidad, mientras los pobladores descansaban para continuar la tarea hasta la noche; encendió sus máquinas sin siquiera percatarse del silencio y la quietud que lo rodeaba. La prepotencia del forastero mercantil se evidenció así:  atendiendo solamente al alcance de su mirada estrecha aún creyendo que es un gran emprendedor y un hombre de éxito. Los pobladores sólo atinan a mirarlo extrañados, con algo de piedad y sin erigir ni una queja.

Recapitulando

Esta fotografía de campo es representativa de la prepotencia que Nuestramérica ha sufrido a lo largo de siglos y que hoy todavía sigue padeciendo bajo distintas modalidades mucho más sofisticadas. La crudeza con que hoy se continúa practicando, es atroz. La estructura coercitiva de unos pocos privilegiados está intacta. El sistema económico, el sistema jurídico y el sistema político, siempre importado, los ampara funcionando como falsa hegemonía asfixiante. Por debajo de esta campana de ensayo sin oxígeno, el latir crepitante y parsimonioso de un pueblo sabio espera en paz y pacientemente su hora.